OSCAR BRAHIM
FANTASMA URBANO
Es taxista y, en sus recorridas por Buenos Aires, suele "intervenir" las publicidades de la calle. Un Luis Miguel de labios pintados o el logo de un híper convertido en un cerdo son algunas de sus invenciones. "Esto no es arte, lo hago porque me gusta", dice. Y no acepta fotos.
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Idea frases resonantes que luego plasma en el puente de Juan B.Justo. Presume haber "atacado" los carteles de publicidad de los productos que él mismo consume y guarda en la heladera de su casa. También entiende que no puede salirse del sistema consumista que impone la globalización actual, pero para Oscar Brahim (44), taxista de profesión, quitar un aviso de la vía publica y llevárselo a su taller es más que un simple hurto. Cuando arrancó con la actividad, había gente que no entendía su arte, aunque él reniega de llamarlo así. "Esto no tiene nada que ver con el arte", dice. "Tenía encontronazos, '¿por qué usted hace esto?', me decían, 'porque me gusta'. Un tipo me dice '¿Por qué le pega ese precio en la cabeza a Duhalde?', 'porque me chupa un huevo".

Maneja un taxi, dice, porque de algo tiene que vivir, y es a bordo de su Peugeot 504 que recorre las calles en busca de pasajeros, y también de anuncios de publicidad para alterar. No tiene clara su motivación. Simplemente anda con un cortaplumas en la guantera y cuando se topa con alguna imagen que le llama la atención, la recorta y archiva hasta que se presente la oportunidad de reutilizarla.

Un Luis Miguel con la boca pintada de rojo furioso y una tijera a la altura de la yugular. La tentadora sirena de un afiche que promovía Mar del Plata diciendo "no vendo mis riñones". El logo de un hipermercado convertido en un cerdo. Esas son algunas de sus "intervenciones" en la vía pública. Otras veces, arremete simplemente con frases como la que pintó, bien grande, en el puente de Juan B. Justo, sobre avenida Córdoba: "¿Querés tener razón o ser feliz?".
Brahim, que no acepta fotos y dar la nota sin sacarse un instante los lentes oscuros, se burla de los mensajes subliminales que las empresas tratan de inculcarles a sus consumidores. "Lo que hacía era jugar con la publicidad. Para mí era una ventana donde podía manifestar cosas. Nunca fue una cosa contestataria; simplemente lo tomaba como una ventana donde jugaba. Obviamente que estaba comunicando algo, pero tenía que ver con un montón de locuras", explica.

Cuando hace 10 años arrancó un curso de artes plásticas con Elenio Pico, editor de la revista Lápiz Japonés, jamás imaginó que aquella experiencia le abriría las puertas de un mundo que ni él se atreve a explorar del todo.
Se dio a conocer para un sector muy selecto cuando Sergio Morkin, director de cine, quiso documentar las ocurrencias de su amigo y filmó una película titulada "Oscar", donde mostraba cómo este personaje iba por la ciudad alterando las publicidades. No pudieron conseguir auspiciantes que quisieran subvencionar la película justamente por su insolencia hacia las marcas. Fue así que por una cuestión de costos la filmación tardó casi cuatro años. Finalmente se estrenó en el cine Hoyts del Shopping Abasto. También estuvo tres meses en el Centro Cultural Rojas y en el Centro Cultural Malba. "Recuerdo que el día de la proyección estaba con el taxi en la puerta del Malba, esperando pasajeros. Se me acercó una señora: '¿está libre?', 'sí, señora, sí'. Ya en viaje, le pregunté: '¿qué pasa?', ¿por qué había tanta gente en el museo? y me dijo: 'No, un loco divino, colega tuyo...' y me contó el documental. Cuando llegamos al lugar y me di vuelta para que me pagara, le prendí la luz, me miró, y empezó a temblar. '¿Sos vos?', 'Si, soy yo', 'Por favor, bajá a tomar un café'. Al final, terminamos amigos".

El film Oscar sacó su tarea diaria del anonimato. Un grupo de españoles conocieron su obra y lo invitaron vía e-mail a Barcelona, en conjunto con 10 artistas más de otras partes del mundo. "Eran todos artistas emergentes, de la calle, que con su arte comunicaban cosas, demasiada teoría para mí", dice con gesto indiferente.

Con sus herramientas y su pequeño taller ubicado en Villa Urquiza, Brahim recorta letras y fotos e idea la intervención que les aplicará a los carteles. No encuentra una frase con la que definirse, no le gusta generar falsas expectativas, él tira ideas, conceptos. Otro, en su silla, podría sacar provecho de esto que parece un don, pero él prefiere vivirlo como un hobby. Según piensa, la publicidad es un monstruo insaciable que se esfuerza por incitar el consumo y convertir a la sociedad en un conjunto de "bichos enfermos". En su infancia -dice- no encontró estímulo alguno. Le gustaban los comics, pero su mamá no apoyaba la idea del arte, tenía el prejuicio que le infundieron sus amigas de que el hijo le saldría gay. De pronto se encontró que con 24 años, ya padre, estaba inmerso en la vorágine de un trabajo estable para poder mantener una familia. Por eso, empezó de grande con el arte.

No negocia con las agencias de publicidad a las que "jode". Y cuenta como prueba que una de las grandes -que hizo campañas publicitarias de los ex presidentes Menem y De la Rúa- lo llamó para preguntarle por qué le tiraba tanto palo a las marcas. Trataron de convencerlo de que en vez de alterarles las publicidades, pusiera su ingenio al servicio de la agencia. Brahim agradeció: "No, no, yo no me presto para ningún tipo de cosa cerrada, yo trabajo a mi manera". Y ahí anda por la calle, con el cortaplumas en la guantera.
Ángela Arlanti

Para ver los trabajos de Oscar Brahim: http://www.flickr.com/photos/brhm/
Comentarios: contenidos@eter.com.ar
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