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¿QUÉ VES CUANDO NO VES?
Arte Ciego para expandir los sentidos
En plena era de la imagen, el Centro Argentino de Teatro Ciego propone un movimiento teatral que apunta a percibir el arte con todos los sentidos en total oscuridad.
"Les pedimos que apaguen sus celulares, no los dejen para que vibren ni en silencio, apáguenlos por favor, la luz puede interferir en el espectáculo". Un hombre vestido de negro se para frente al público para dar las primeras indicaciones. "Una vez que entren a la sala ya no verán más nada, formaremos grupos que serán guiados por un actor, caminen despacio, no hay escalones ni pozos, nada. Serán guiados hasta una silla. Sólo deben apoyar sus manos en los hombros de la persona que esté delante de ustedes y seguirlo". Así comienzan las ceremonias de Arte Ciego. Confiar. Lo primero que nos piden para formar parte de estos espectáculos es confianza, entregarnos, apoyarnos en el otro y sumergirnos en lo desconocido. Suena extraño. Y los murmullos y risitas nerviosas de la mayoría corrobora la falta de entrenamiento que tenemos en este área.
En 1991, Ricardo Sued creó Caramelo de limón, una obra teatral que se representaba a oscuras. Para hacerlo se inspiró en las técnicas de meditación zen de los templos tibetanos. Diez años después, el grupo Ojcuro, estrenó la Isla Desierta (ver aparte), de Roberto Arlt, adaptada a la técnica del teatro ciego.
En 2008, Martín Bondone y Gerardo Bentatti pusieron en funcionamiento el Centro Argentino de Teatro Ciego en Zelaya 2006, pleno barrio del Abasto. Ofrecen talleres de teatro, tango ciego y técnica vocal, entre otros. Actualmente tienen tres obras de teatro en cartel, un ciclo de conciertos, una cena con música en vivo a oscuras y El sueño de los elefantes un espectáculo difícil de definir.
Domingo a la noche, aproximadamente cuarenta personas esperan en el hall para asistir a este "sueño". Ninguno es ciego. Según Matías Bondone, director del Centro, "un dos por ciento de los espectadores son discapacitados visuales, en los talleres la cifra se eleva al cincuenta por ciento".
Jimena tiene 23 años y vino porque "la propuesta le pareció original y quiere saber de qué se trata". Melina es estudiante de cine y experimentará por primera vez el arte ciego "atraída por el hecho de no ver y percibir las cosas con otros sentidos".

En El sueño de los elefantes cambiaron las reglas del juego; la sala no estará a oscuras, seremos los espectadores los que entraremos con antifaces para no ver. Un show en el cual los artistas pueden observar al público y sus reacciones mientras se sumergen en sí mismos. "Es una experiencia increíble, pero te lleva muchísima energía, además de tocar, estás pendiente de todo, estás cuidando a la gente", dice Juan, uno de los seis músicos que tocan durante el espectáculo.
El salón se llena poco a poco. Descalzos y guiados en la oscuridad, cada uno se recostará sobre una colchoneta. Los murmullos ceden cuando suenan los primeros acordes, sonidos, algunas palabras inconexas, o no tanto. Los ritmos varían de una música con cantos tribales a un suave sonido hindú, agua, cascadas; de repente un latir frenético empujado por vientos y clarinete. Percusión, la voz exquisita de Josefina Casco. Los músicos se perciben a metros de uno o nos tocan al oído permitiéndonos sentir su respiración. Hacia donde vamos, si es que viajamos, es nuestra elección; los caminos sobran.
Después de una hora y media el silencio se reinstala y nos avisan que podemos quitarnos los antifaces y retirarnos cuando lo deseemos. La sala está en penumbras, todos se irán reincorporando tranquilamente y sin muchas ganas de irse.
"El sueño de los elefantes surgió de una improvisación, lo armamos sin conocer el Arte Ciego, ellos se enteraron, les gustó y nos propusieron traerlo acá", cuenta Manuel Vidal, uno de los músicos. "La diferencia con los otros espectáculos que desarrolla el Centro es que esto es un concierto y la línea que te cuenta la historia es la música, a diferencia de las otras que es la palabra. Cada uno va hacia donde quiere", agrega Josefina.
En el hall los espectadores hablan con los artistas, comentan entre ellos, nadie parece tener apuro. Jesica estudia para ser maestra de ciegos y vino con tres amigos porque le dijeron que era un teatro para sentirse como uno de ellos: "Es diferente a lo que esperaba, pero me gustó, me gustó mucho, son sensaciones diferentes". Josefina y Elías vinieron por curiosidad y recomendación de un amigo. Para ella la función fue "una especie de meditación", para él "un concierto de los sentidos". Y aseguran que volverán a ver otros espectáculos.
En la era de la imagen, arte para expandir los sentidos. Una muestra que siembra ganas de seguir experimentando.
Más información: www.teatrociego.org
Karina Puente
Estudiante de tercer año de la carrera de Periodismo en ETER,
14/9/2010
Comentarios: contenidos@eter.com.ar
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EN EL CENTRO CULTURAL KONEX
Se reestrenó La Isla Desierta
La isla desierta, de Roberto Arlt, fue adaptada para representarla en total oscuridad en 2001 por José Menchaca. Dio inicio a la técnica del Teatro Ciego y al Grupo Ojcuro, el primer elenco teatral integrado por personas con y sin discapacidad visual. El viernes 26 de agosto inició su décima temporada en el Centro Cultural Konex con funciones a sala llena durante todo el fin de semana.
Arlt escribió esta obra en 1937 como una crítica a la automatización, a la rutina, a la falta de valor para atrapar esa libertad que se escurre entre la estabilidad, la opresión y la inercia cotidiana.
Más de 150 mil espectadores ya probaron otra manera de sentir el teatro y muchos más quieren hacerlo. Al parecer el ansia de desatar los sueños y expandir los sentidos sigue latiendo.
K.P.
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