GIMNASIO FERROVIARIO
Bajo tierra nunca suena la campana

Debajo del Andén de Encomiendas de Ferrobaires, en la estación Constitución, funciona un centro de boxeo gratuito para todos los que desean entrenar. Desde un entrenador paraguayo a otro de Kazajstán dan clases en un lugar escondido de la mirada de la gente.

Viernes a las 19 en la Ciudad de Buenos Aires. La gente se apura por encontrar un lugar en el tren que la llevará de regreso a casa desde la estación del barrio de Constitución. Sin embargo, unos cuantos metros debajo de los ruidosos andenes, un grupo de deportistas parece haber encontrado un lugar que lo resguarda de ese ir y venir frenético. Da la sensación de que, allí abajo, el mundo se hubiera detenido.

Una escalera muy angosta, con sus escalones de madera pidiendo a gritos un descanso, conduce a un sótano en el cual sólo se percibe oscuridad y el agua se acumula en el piso. El olor a orina se torna insoportable y un ascensor en desuso hace las veces de depósito de todo aquello que supo ser y ya no es. Pero, en ese espacio oculto a los ojos de la sociedad, funciona un gimnasio de boxeo gratuito para todo aquel que desee practicar el deporte de manera recreativa.

Allí, Pablo Bernal, de 57 años, da clases a los boxeadores que él mismo lleva hasta ese espacio subterráneo. "Le doy clases a cualquier pibe que tenga ganas de venir hasta acá", explica Pablo, que conoce a Ricardo Guardo, el dueño del lugar, desde hace muchos años. "Me lo presta para que yo tenga un lugar donde enseñar". Para explicar el carácter gratuito de la enseñanza deportiva, Bernal es claro: "¿Cómo le voy a cobrar una clase a un pibe que no tiene ni para pagar un boleto de tren?".


OSCURIDAD. Las luces brillan por su ausencia en el gimnasio.

Pablo nació en Paraguay y a los 15 años desembarcó en Villa Fiorito, al sur del conurbano bonaerense. "Vivía a dos cuadras de la casa de (Diego) Maradona", cuenta orgulloso este hombre que se gana la vida pintando casas. Unos años más tarde encontró su lugar en Adrogué, también en la zona sur, y siempre practicó boxeo de forma amateur, como la mayoría de la gente que él entrena todos los días de 17 a 20. Mientras habla, aprovecha para corregir la técnica de Martín, uno de los chicos que, revela, se va a hacer profesional y "va andar muy bien". "Mové las manos", grita. "No acaricies la bolsa, pegale", ordena este pintor que tiene nada menos que ocho hijos. "Los boxeadores somos duros arriba del ring, pero abajo somos cariñosos", interrumpe, entre risas, Marcelo Domínguez, pupilo de Bernal, con quien entrena hace más de 20 años.

Marcelo tiene 44 años y sólo seis hijos. Todos los días se levanta a las 3.45, se baña y parte a su trabajo en una empresa de catering en el Aeroparque Jorge Newbery. Aunque hace 15 horas que salió de su casa, no parece apurado por volver. "Las fuerzas salen del corazón. Disfruto viniendo a practicar acá", cuenta. Aunque, de vez en cuando, se da una vuelta por algún gimnasio de su Banfield para perfeccionar la técnica de quienes practican kickboxing. "Allá cobro, pero a los chicos les sale muy caro", dice Marcelo, con una parsimonia que asombra. Y agrega: "Con lo que allá te cobran una clase, uno se puede comer un buen churrasco", ejemplifica, reacio en eso de tirar la toalla.


DUREZA. Martín, uno de los chicos que prometen, golpea a la bolsa.

Su rutina no se condice con la forma de ser que muestra: "Llego a la noche, le doy un beso a los chicos y me acuesto. No tengo tiempo para la bruja", suelta al pasar, casi como si se tratara de un ritmo de vida natural.

Pese a que ya son casi las 20.30, diferentes chicos continúan llegando al gimnasio. A ese reducto, en el cual algunas ventanas dejan ver algunas luces de la calle y hay vidrios que están ausentes sin aviso, también llega Vladimir Shevtsov, un profesor de boxeo nacido en Kazajstán, país que formó parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). El hombre vino a Argentina como entrenador. "Allá es obligatorio tener un título universitario de entrenador deportivo para poder dar clases", dice en un español bastante forzado. "En la URSS estaba prohibido el boxeo profesional", cuenta, esbozando uno de los motivos que lo trajeron al país.


GANAS. Después del día de trabajo, Bernal da clases bajo el andén.

Vladimir, al igual que Bernal, lleva a sus propios alumnos. "Acá no cobro nada", resalta. Aunque, de inmediato, aclara que vive gracias a las clases que da en diferentes gimnasios de la Ciudad. "De algo tengo que vivir", justifica.

La música de fondo sigue siendo la misma que a lo largo de toda la noche: golpes a las bolsas, exhalaciones fuertes de los deportistas en busca de algo de aire, la soga golpeando contra el piso luego de cada salto. La hora no parece ser un impedimento para ellos. Aún con la carga del día laboral a cuestas, el fallo de la pelea no deja lugar a dudas: la voluntad, en esta ocasión, gana por knock out.

Uriel Fridman
Fernando Haberman
Ignacio Soto


Estudiantes de tercer año de la carrera de Periodismo
en ETER.


7/9/2010

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