SER TRAVESTI Y POBRE
"No nos llames, nosotros te llamamos"

Conseguir un trabajo por fuera de la prostitución es una utopía casi irrealizable para un travesti de bajos recursos. Sólo a veces aparece una oportunidad, pero siempre y cuando se resigne a disfrazarse de hombre. Un recorrido junto a Romina en su búsqueda de empleo.

Por Amalia Colombo *

"Mi sueño es trabajar en un local de ropa para chicas. Me interesan mucho los tipos de telas, la moda, y aparte creo que soy re buena tratando con la gente". Esto parecería ser un objetivo realizable para cualquier joven argentina de 26 años, aun para una que hace ocho que se prostituye para vivir. Sin embargo, ella carga con aquello que Erving Goffman, escritor y sociólogo estadounidense, llamó "estigma"; carga con un atributo profundamente desacreditador para alcanzar su anhelo: es travesti y pobre.

Romina demuestra que patear la calle para conseguir un trabajo formal es para las travestis de bajos recursos del conurbano incluso más difícil que "salir del closet". Allí se enfrentan a la humillación gratuita, el desprecio, el "no nos llames, nosotros te llamamos" y, en más de una ocasión, a la necesidad de vestirse de hombres para que las contraten. Solo teniendo un local propio pueden no alquilar su cuerpo para vivir.

Su lugar de trabajo se sitúa en la intersección de la Calle 7 y la Avenida Dardo Rocha, en Berazategui. Allí esta parada desde las 19 hasta que considere que ha conseguido la plata que le permita comer. Pero cuando no hay mucho movimiento, con una amiga decide con mucho esfuerzo económico irse hasta la zona roja en Palermo o a Constitución, donde "hay más oportunidades", según explica. "Yo lo hago porque no me queda otra, o, mejor dicho, la otra que me queda es vestirme de hombre, pero ahí estoy traicionando mi esencia, ¿entendés? Todo lo que yo soy, lo que siento que soy, que es lo más importante".

Según Trabajos al margen del trabajo, un artículo realizado por Ernesto Meccia, Úrsula Metlika y María Laura Raffo, licenciados en Sociología de la Universidad de Buenos Aires (UBA): "la sanción ante la 'alta prostitución' es considerablemente menor que la que despierta la "baja" prostitución, de la misma manera que la clase de sanción que despiertan las travestis que han podido hacerse un lugar en el mundo nocturno del espectáculo urbano no es simétrica a la reprobación que despiertan las travestis pobres que, por esta última condición, no han podido acondicionar su cuerpo para competir en el mercado de los espectáculos nocturnos y no tienen otra salida laboral que la 'baja prostitución' en las áreas marginales cercanas a su lugar de residencia".

Los primeros rayos de sol de la mañana empiezan a iluminar los pasillos de un humilde barrio en la zona oeste de Berazategui. Romina espera tras la puerta azul. Entre el mate mañanero, dice estar cansada porque un cliente después del sexo quería pernoctar. Y agrega: "Me quería pagar un poco más para hacerlo sin preservativo y como no quise, se enojó y tuve que volverme desde relejos caminando".

La verdad es que le gustaría quedarse en su casa, tener un trabajo normal y dejar de suspirar cada vez que se pone la "ropa de trabajo" para salir a hacer lo único que -dice- se le "permite". De pronto el brillo de los ojos se desvanece: está harta de la profesión más vieja del mundo. No obstante, esto parece darle fuerzas, dice que esta es su mañana, se tiene fe, elige su mejor par de jeans, unas sandalias chatitas, camisa blanca, se recoge el pelo. Va a buscar trabajo.

Saliendo del barrio algunos hombres y un par de chicas la saludan como a cualquier vecina, pero esta escena de cordialidad se termina al salir de las callecitas de tierra, hacia la avenida. Cualquier colectivo sobre la Calle 14 la deja en el centro. Al subir, las mujeres más viejas la espían por el rabillo del ojo. "Ya estoy acostumbrada", acota Romina sobre estas reacciones que la gente tiene al verla.

En cuatro cuadras, desde las vías del tren, ve tres carteles que señalan: "Se busca empleada c/experiencia, buena presencia, de 20 a 30 años". "La buena presencia creo que la tengo, y la edad sí, posta. Tengo dos de las cosas que piden", cuenta Romina con ilusión.

Entra al primer negocio, un local de ropa para jóvenes y no tanto. Los ojos de la vendedora, de unos 40 años, se abren con asombro, pero Romina no titubea y avanza con su mejor sonrisa, saluda y enrulándose un mechón del pelo dice que viene por el aviso. Empieza a exponer sobre su interés en la moda. La mirada de la empleadora se detiene una vez y luego vuelve, despectiva, acompañada de una respuesta contundente: "Mirá, no sos lo que buscamos, acá viene mucha señora grande y no le gustan este tipo de cosas".

Las personas que "primero vieron a una mujer y luego a un hombre en el mismo cuerpo sintieron: o bien que se equivocaron, o bien que fueron engañados y que reconocer el hecho de que 'fueron pasados por arriba' los mueve alternativamente a la compasión o al desprecio, pero sin alternación a la negación del empleo. La sanción se expresa en el desprecio y uno de los indicadores del desprecio es la negativa sistemática a emplear a las travestis en los trabajos que realizan la mayoría de los miembros de la sociedad", afirma a propósito de esta situación Trabajos al margen del trabajo.

Romina agradece, se da media vuelta y va a buscar el próximo. "Cada tanto hago esto", dice con una lagrima que le empieza a asomar por el ojo derecho. "Me agarra una mezcla: no quiero prostituirme más… pero cuando busco trabajo siempre es así, y cada vez me cuesta más reponerme, entonces vuelvo a lo primero".

Meccia, Metlika y Raffo explican este escenario: "Sintiéndose dueñas de la decisión de ser travestis, pero sin control sobre el destino de la misma, va apareciendo como única posibilidad trabajar con aquello (lo único) que está bajo su dominio: el cuerpo".

En el próximo local, es un hombre joven de unos 35 años de edad quien está a cargo. A diferencia de la mujer anterior, él observa a Romina, de pies a cabeza, la escucha con una sonrisa socarrona. Ella lo ignora con sutileza y continúa su postulación para el puesto.

Romina: "Bueno, ¿te dejo mi celular?"

Joven: "Yo te diría que si estás dispuesta a vestirte de hombre, te podría recomendar para el negocio de un amigo" (se ríe buscando una complicidad con ella).

Ante el silencio de Romina, que se traduce en todo en lo que ella cree, el continúa: "Si querés lo pensés; dejame tu numero, pero no nos llames ¿eh? mirá que nosotros te llamamos".

Camino al tercer lugar, Romina trae del pasado recuerdos y hace un paralelismo con todo lo que acaba de vivir: "Es re difícil esto, ni cuando tuve que decirle a mi familia que era gay me costó tanto. Yo pienso que esto es como un castigo porque decidimos ser lo que sentimos, nos condenan a que nos prostituyamos para siempre".

Aunque está cerca del próximo posible empleo, decide que fue suficiente y que es hora de volver. Al faltar unas cinco cuadras para llegar a su casa, en una verdulería ya alejada del centro de Berazategui, ve que necesitan empleada hasta 30 años. La situación es la misma que se repitió en los lugares de venta de ropa. Un poco menos obvio en su cara de sorpresa, el verdulero boliviano, ante el pedido de Romina, le dice simplemente: "Nooo, buscamos chicas".

Trabajos al margen del trabajo específica sobre el sueño que tienen muchas travestis como Romina: "no sueñan seriamente con otro trabajo: "saben" que eso es imposible. Sueñan con no trabajar, sueñan con "retirarse". Retirarse significa que un "hombre" las saque de circulación poniéndose en pareja con ellas, ofreciéndoles casa y cariño. Al final del camino un hombre no sólo les ofrece contención sino que las reconoce desde la condición que la sociedad les negó: la condición de "mujeres". Pero hasta que aparezca este hombre (que tiene más de imaginario que de real) imaginan sus itinerarios laborales inmóviles y a ellas mismas, sin posibilidad de mejoría".

*Egresada de la Carrera de Periodismo en 2009. La nota fue escrita en el tercer año de cursada.

31/03/2010

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