EN CAPITAL FEDERAL
Sin respuesta a la falta de baños públicos

Hay proyectos esperando en la Legislatura, pero, mientras tanto, la ciudad que cada día recibe más turistas no brinda un servicio elemental.

Por Mariano Engel *

La ruta de los baños cerrados no figura en los manuales de los turistas que visitan la ciudad, sin embargo se lo transita a diario en cualquier barrio o paseo como la Costanera Sur, donde, como en gran parte de la ciudad, no hay baños públicos. En los tiempos de Aníbal Ibarra se construyeron cuatro sanitarios que, según testigos y usuarios, funcionaron bastante bien, pero desde hace dos años empezaron a ser clausurados por falta de mantenimiento y de pago al personal que lo asistía.

"Acá siempre se pensó más de los diques para el centro que para este lado", grafica Marcelo, maratonista aficionado de 28 años, en alusión al desarrollo de la zona. Por los parques linderos a la Reserva Ecológica pasan cerca de un millón de personas por fin de semana, pero a pesar de la cuidada parquización no hay sanitarios y los que existen están dentro de la reserva, atestados y sucios. Resta entonces probar suerte en algún baño químico sobre algún obrador o bien seguir el peregrinaje de domingueros por el Boulevard de los Italianos hasta la estación de servicio de avenida Córdoba.

En Puerto Madero se emplaza uno de los hoteles más caros de Buenos Aires, el Faena Hotel, una gran inversión primermundista de millones de dólares. En una de sus puertas laterales una mujer embarazada lucha con porteros trajeados de negro para que le dejen usar un baño. Ella, como no tuvo éxito en el Faena, deberá caminar hasta el hotel Hilton, a cinco cuadras de allí, donde sí podrá usar uno de los seis baños del lobby o uno de los cuatro de la cochera.

"Los dejamos pasar si vemos que es gente normal, que no se va a quedar a hacer algún lío; si no, no", dice, terminante, Jorge Machado, encargado de seguridad del cinco estrellas ante la mirada seria de vigiladores y choferes.

En los restaurantes ocurre lo mismo, con el agravante de que las instalaciones son consideradas públicas y por normativa deben dejar pasar. Esteban F. es el encargado de un restò donde un plato de pastas cuesta cerca de cincuenta pesos. Cuenta que allí dejan pasar gente, pero la observan bien porque ha habido casos de robos de carteras.

En efecto, en el barrio donde estuvo el bunker de Néstor Kirchner y donde residen varios funcionarios, empresarios de primera línea y hasta directores técnicos, dirigentes y futbolistas; allí donde se pueden ver autos de varios miles de dólares y kioscos donde venden frutas secas importadas y whisky de 300 pesos, no existe un solo lugar donde un papá pueda lavarle la rodilla a un hijo lastimado al tropezar en la vereda, cada tanto llena de materiales de construcción de alguna monumental torre. Entonces, ese hombre resignado enfila hacia un restaurante donde tendrá que apelar a la buena voluntad del encargado para que lo deje pasar.

Pero la problemática no es exclusiva de puerto Madero. En Palermo, por ejemplo, que cuenta con lagos y bicisendas, se cuida que los autos no estacionen en el parque y hay gente patinando en rollers o jugando hockey sobre patines, pero también se puede ver a vecinos orinar tras los árboles porque no hay noticias de un baño cerca.

Tanto en Puerto Madero como en Palermo existen concesiones privadas sobre lugares públicos. En su mayoría venden comida, pero con las hamburguesas no viene siquiera la llave de un baño para lavarse las manos. En "Alameda Sur", por ejemplo, donde se vende un choripán a diez pesos, a la estructura vidriada donde un cliente puede sentarse a comer se le incorporaron tres baños químicos a cargo de una persona que deja utilizarlos primero a los clientes y luego a los otros. La suciedad se ve igual a pesar del spray que arroja sobre picaportes y otras partes de la estructura plástica mientras pide una "colaboración". Los domingos hay colas bastante largas y el tarro de las "colaboraciones " se ve bastante holgado.

"¿Qué pasa con la gripe A?". La pregunta se la hace una madre que no encuentra dónde lavarle las manos a su hijo que jugaba en la tierra. La respuesta la da la misma madre: "a nadie le importa".

Fuentes de la Secretaría de Espacio Público y Medio Ambiente reconocen que el problema es más serio de lo que se cree: "Existen proyectos para la construcción de 1500 baños similares a los que hay en las grandes ciudades. Sin embargo, no se llegó a un acuerdo sobre qué tipo de instalaciones son las más convenientes y cómo se va a financiar".

En tanto, las soluciones no llegan y el problema se hace cada vez más palpable en cualquier barrio. Jorge Bustos es comerciante del Mercado de San Telmo y asegura que a los turistas ya les avisan que si necesitan un baño deben entrar a un bar y pagar un café o aventurarse en los baños del mercado, que no tienen mantenimiento. A unos metros, afuera del mercado, está Corina, encargada del bar La Coruña, que con sus 60 tras el mostrador asegura que "los fines de semana las calles se llenan por la feria o por los bailables de acá [sic], y como toman tanto después van y ensucian las paredes o vienen a pedir el baño, pero éste es muy chico. Una vez sacamos a dos borrachos que se quedaron dormidos".

La planificación y la colaboración privada necesaria para paliar este problema a la que hacen referencia los especialistas [ver "Un sistema al borde del colapso"] tiene un ejemplo paradigmático en el Puerto de Frutos de Tigre. El paseo de compras se compone de espacio público ocupado por concesiones privadas (restaurantes, galerías y otros comercios) y espacio publico para esparcimiento. El lugar es visitado por cerca de un millón de personas cada fin de semana y cuenta con un estacionamiento para autos que es explotado por el municipio.

¿Cómo resolvieron el tema? Aunque parezca una obviedad, lo hicieron construyendo baños públicos, que tal vez no sean suficientes pero dan una respuesta concreta. Según los expertos, esto significa que los sistemas cloacales están pensados y calculados para esos baños y así se evita el colapso por la suma aleatoria de más desagües. Los sanitarios están abiertos mientras está abierto el paseo, tienen personal que los mantiene permanentemente pagados por el municipio y entrar en ellos no es un atentado a los sentidos. La persona que usa las instalaciones puede dejar tranquila una moneda en la caja del encargado porque el destino se ve en los brillos de las griterías, en la provisión de jabón de tocador y, también, en la cara de alivio de una nena que repuesta de un apuro sale a disfrutar del día en el puerto junto a su familia.

* Egresado de la carrera de Periodismo en ETER.

30/12/2009

Comentarios: contenidos@eter.com.ar

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