ÍCONOS DE FINES DEL SIGLO XX QUE SOBREVIVEN, PESE A TODO
Parripollo not dead

Los '90 estuvieron marcados por algunos comercios característicos que proliferaron tan rápido como desaparecieron. Sin embargo, los locales de comidas al paso encontraron alternativas para mantenerse vigentes, como también lo hicieron resmises y canchas de fútbol 5.

El negocio de la nostalgia revivió muchos comercios. La ropa ajustada de colores chillones, el regreso de snacks como los Pop Corn o las Kes Bun, la vuelta al ruedo de artistas como Sergio Denis o el grupo de pseudo hard-rock Bravo y el reestreno en los cines de películas como Volver al Futuro y Top Gun denotan la necesidad de una generación de treintañeros por aferrarse al pasado.

Sin embargo, todas las viejas glorias que ahora gozan de una segunda oportunidad parecen no sobrepasar la década del '80. Los rubros más característicos del último decenio del siglo pasado no fueron revitalizados por esta nueva corriente retro. Muchos de ellos perecieron con el transcurso del tiempo (ver Buena onda de gorra, Lisa), arrasados por el vértigo de la modernidad.

Otros se debatieron entre la agonía y la reinvención para continuar en pie. Como sobrevivientes, algunos comercios buscan sostenerse luego de que la década final del siglo XX les prometiera prosperidad y les devolviera una realidad áspera, fruto de la inestabilidad económica que caracteriza al país.

En el orden de lo gastronómico, los '90 fueron testigos de la proliferación de un extraño híbrido: el parripollo. La fórmula parecía infalible: la estrella era el pollo, que coexistía junto con cortes vacunos y porcinos como el vacío y la bondiola. Se vendían acompañados de papas fritas a un precio económicamente viable (que rondaba los diez pesos) y el público acudía en masa a estos locales que resultaban una alternativa rápida y barata para la cena.

Al poco tiempo, la fórmula fue copiada hasta saturar el mercado. Buenos Aires se vio invadida por una enorme cantidad de locales que, aunque amigables al bolsillo, eran demasiado limitados en su oferta. Aparecieron los delivery, con un menú más amplio y el beneficio de la entrega a domicilio sin costo adicional. La euforia por el parripollo se extinguió y la mayoría de ellos dejó de existir.

Otros, como El Buen Gusto (en Avenida La Plata 25), supieron ahorrar, expandirse y adaptarse para evitar la extinción. Como comenta su dueño, Salvador Tomassevich, la clave está en no caer en la planificación a corto plazo: "Esto empezó como un parripollo, pero no quería que terminara ahí. Muchos locales parecidos cerraron porque no pensaron más allá de lo inmediato. En cuanto juntaba unos pesos, trataba de crecer, de agrandar el lugar y el menú. Es la única manera de mantener al cliente interesado", comenta.

Hoy, después de 15 años, El Buen Gusto es un referente del barrio porteño de Caballito. Actualmente, su parrilla sólo está provista de asado, vacío y algunas achuras, mientras que su fuerte son las comidas caseras y en los pollos al spiedo que giran tentadores ante la vidriera del comercio. "Pudimos hacer una combinación de restaurant, parrilla y rotisería que anduvo bien, por suerte. Pero el alma del lugar sigue siendo la misma. Esto es un parripollo siglo XXI. Es así: o le buscás una vuelta, o perdés el negocio", remarca Tomassevich.

En materia de transporte, el remise fue una propuesta muy exitosa hace poco más de diez años. Los coches a disposición que trasladaban a sus pasajeros por tarifas calculadas en base al kilometraje recorrido eran una opción más barata que los precios por reloj de los taxis. La seguridad también era un factor relevante: llamar a la remisería amiga no implicaba el mismo riesgo que tomar un auto de la calle. Uno sabía quién lo llevaba y para quién trabajaba.

Pero la creación de las empresas de radiotaxis y su adopción de tasas fijas para viajes fuera de la Capital volvieron a poner en vigencia el reinado de los vehículos amarillos y negros en la ciudad. Las remiserías que no supieron cómo resolver el problema quebraron, pero hubo algunas que se las ingeniaron para encontrar una vuelta de tuerca a su situación desfavorable. Rosa Martínez, telefonista de Remís Amenábar, ubicado en el barrio de Belgrano, sostiene que en las zonas más acomodadas de la Capital, la tormenta no arrasó con todo. "Acá la gente todavía se fija mucho en las apariencias y, aunque no suene bien, para nosotros es algo bueno. No es igual movilizarte en un coche particular que en un taxi. Lo mismo pasa con los eventos: una novia no va a aparecer en la iglesia dentro de un taxi con un moño", se ríe.

La última década del siglo XX también trajo consigo la multiplicación de canchas de paddle y fútbol 5 que permitían la práctica de deportes en un ámbito urbano, donde no abundan los espacios abiertos. No obstante, sufrieron una suerte dispar. Las segundas gozan de los beneficios de existir en un país netamente futbolero. Ya no se multiplican aunque tampoco cierran. En cambio, las primeras desaparecieron casi por completo para dar lugar a estacionamientos y lavaderos de autos.

Ricardo Sbassi, profesor de paddle de The House (33 Orientales 440, Almagro), fue testigo del ascenso y descenso de la disciplina. "El deporte empezó en México y se trasladó acá a mediados de los '90. Como había buenos jugadores, se conseguía patrocinio y difusión en la tele. Al venderse mal la exclusividad de los partidos, TyC Sports se enojó, se dejó de difundir al paddle en los medios y la gente perdió entusiasmo", explica Sbassi.

Está visto que no siempre es necesario sentarse a esperar que una oleada nostálgica devuelva la vida a un negocio en penurias. La situación económica de un país y las modas pueden condicionar el desempeño de los comercios, pero el ingenio de sus dueños siempre será el arma más eficaz contra la adversidad monetaria.

Esta nota fue escrita por estudiantes de tercer año de la carrera de Periodismo de ETER, en la materia Agencia.

18/10/2011

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