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LA HISTORIA DE UNA TRANSFORMACIÓN
Villa Devoto: el barrio comienza a despedirse de la cárcel
En agosto Cristina Fernández firmó el decreto que pone en marcha el proceso para mudar a Mercedes la vieja cárcel porteña. Los vecinos ya sueñan con un cambio que esperan y reclaman hace años. Pero, a la vez, empiezan a vivir cierta incertidumbre sobre cómo será el futuro sin el constante ruido de las rejas, casi una marca de identidad del lugar donde viven.
Alejandro Apicella vive en un edificio sobre la calle Nogoyá. Un día, mientras iba para su trabajo bordeando la cárcel de Devoto, sintió que algo le caía en la cabeza. Miró para el piso y era una papa. La agarró y vio que estaba cortada, tenía un papel adentro con un número de teléfono y decía: "Llamá a mi abogado". Quizás un grito desesperado de ayuda o una picardía para pasar el tiempo. Alejandro sabe que tuvo suerte. Lo que se tira hoy desde la cárcel son las famosas palomas -pelotitas que contienen en su mayoría droga-. Pero el problema mayor es que este tipo de habilidades ingeniosas de los presos, despierta la ira de los carceleros. Empiezan a tirar balas de goma sobre todo el territorio, quedan los restos en la calle o se acumulan en la terraza de Mercedes Obregón, su vecina, que hace años organiza actividades, hace locros, peñas, cortes de calle a favor del traslado del penal a Mercedes, que se podría dar en los próximos tres años según creen los vecinos.
En Devoto no hace falta aclarar de qué traslado se trata. Todos los vecinos, vivan o no en las inmediaciones de Bermúdez, Nogoyá, Desaguadero y Pedro Lozano, saben de qué se trata y cada vez que escuchan esa palabra preguntan dónde hay que firmar. También son conocidas las batucadas que inician los presos cuando están disconformes con algo o para reclamar algún derecho. Empiezan a chocar las cacerolas con los tachos, los cacharros contra las rejas. Los vecinos cuentan que hace muchos años que luchan porque la cárcel se mude, porque es la última que queda en la ciudad de Buenos Aires y está metida en el corazón del barrio.
El 4 de agosto la presidenta Cristina Fernández, junto al ministro de Justicia Julio Alak, anunció la apertura de los sobres para construir el Complejo Federal de Condenados de Agote, en la ciudad bonaerense de Mercedes. El gobierno se encargó de invitar a los integrantes de la Asamblea Devoto sin Cárcel. "Es un avance importantísimo, imaginate que nosotros hablamos con todos los políticos, no le hice asco a ninguno con tal de que la cárcel se vaya", evalúa Mercedes. "Empezamos en junio de 2006. El primer día nos juntamos en el Club Lamadrid y vinieron 300 personas. Yo estaba entusiasmadísima, pero a la segunda no vino ni el loro". Ella asegura que la mayoría de los vecinos que asistieron, lo habían hecho porque como los terrenos del club pertenecen a la cárcel pensaron que estaba en peligro.

A una cuadra de la cárcel el valor de los inmuebles baja abruptamente. "Una propiedad de tres ambientes con lote propio, que en cualquier parte de Devoto vale entre 90 y 100.000 dólares, ahí hay que pelear para venderla a 65.000 o 70.000. Ya estamos acostumbrados a que se desvaloricen de tal forma. En esas cuadras vive gente muy vieja del barrio, que ya está acostumbrada a la cárcel. Las casas que están más cerca pueden tardar un montón para venderse. Una casa por Desaguadero justo enfrente me acuerdo que costó un año venderla. Escuché muchas veces que algunas casas abandonadas que están próximas a la cárcel fueron ocupadas ilegalmente, algunos dicen "alquiladas" pero no sé a quién, por familias o amigos de algunos detenidos de la cárcel. Para hacer un promedio, los inmuebles bajan el 30%. Con el traslado y si hicieran un espacio verde o público esa parte se convertiría en un gran núcleo comercial, teniendo en cuenta que el Shopping de Devoto se encuentra a pocos metros nada más", aseveró Néstor Piccone, dueño de una inmobiliaria en Sanabria y Nogoyá.
Durante las elecciones para Jefe de Gobierno Porteño, el candidato del Frente para la Victoria, Daniel Filmus, se acercó al club Lamadrid, ubicado enfrente de la cárcel, y les prometió que "la cárcel se va pero el club se queda" y convirtió el tema en uno de sus slogans de campaña. Nelson Blundí, vecino del lugar, asegura que quiere que la cárcel se vaya. Es un hombre de 77 años que vivió toda su vida en Devoto sobre la calle Allende a dos a una cuadra y media de su amado Lamadrid, donde se reúnen todas la semanas con sus amigos en el bar y donde ahora lleva a sus nietos a jugar a la pelota y de la cárcel a la cual también sus recuerdos y su historia lo unen.
"Mi maestro de primaria Nicolás también enseñaba en la cárcel. Aunque en ese momento no era como ahora ya que los presos estaban ahí por contravenciones", recordó Nelson. Sin embargo las relaciones con los vecinos hoy pasan por otro lado, los secuestros virtuales son moneda corriente en Devoto. Todos tienen una hija, un tío, un primo o un amigo comerciante al que lo llamaron desde la cárcel reclamándole plata y diciéndole que tenían secuestrado a un familiar. Lo sorprendente es la cantidad de información con que los supuestos secuestradores cuentan, la calle donde uno vive, el nombre de su marido y cuál es su oficio o profesión. Los vecinos están convencidos de que los presos tienen una vista privilegiada desde el panóptico edificio.
Pero como en cualquier comunidad no todos están de acuerdo, no todos piensan lo mismo. Ayelén cuenta que ya está acostumbrada a convivir con la cárcel. "Tengo 23 años, yo viví toda mi vida acá, prefiero pasar por la cárcel que tener una plaza que a la noche se convierte en un descampado desolado." Desde su terraza en la calle Nazarre se escuchan los gritos de los familiares que vienen a contarles las novedades a los presos. Se puede ver a un nene que muestra el cuaderno de clases, una madre que llora a gritos, un hombre que le avisa a su hermano que ya le consiguió un trabajito para cuando salga y no faltan las Julietas que declaran su amor y parecen ellas dispuestas a subirse al balcón de sus Romeos. "Pero vos tenes que venir en Navidad o en Año Nuevo, esto es una fiesta. La mayoría son mujeres con sus hijos que traen cumbia y algo para brindar. Ellas bailan y ellos les gritan cuanto piropo se te puedan ocurrir", insistió.
Ayelén cree que la mejor opción es que se haga un polideportivo o un hospital en el predio. "Mi patrón tiene 75 años y dice que desde que nació que están diciendo que la cárcel se va a ir. A él lo perjudicaría mucho", cuenta Mabel, empleada de una despensa que está enfrente de la cárcel. A las 17 salen las visitas, en su mayoría son mujeres, y van al negocio. El negocio tiene varios estantes para las carteras y bolsos que no les permiten ingresar en las requisas. Ella les da un número y se las guarda todo el día por solo dos pesos. En otro estante tiene muchas de las bolsas de colores para hace los mandados. Son las únicas que dejan pasar para hacer el depósito: un conjunto de mercadería que los presos no acceden si no se los envían los familiares. Por ejemplo jabón, papel higiénico, pasta dental.
En el mostrador venden el cartoncito a 10 centavos, eso son los que se necesitan para dejar el depósito, con el nombre del destinatario y su pabellón, que luego los guardias se encargan de repartir. "A veces las familias me dejan el pedido encargado, tengo una libreta con los nombres y la mercadería que necesita cada uno. Armo las bolsas y se las doy a unas chicas para que las lleven adentro de la cárcel", describe. La despensa donde trabaja Mabel está bien preparada para atender a quienes se relaciona diariamente con la cárcel. "Esta semana fue la de las tortitas negras. Me dijo una señora que no se las dejan pasar más, parece que una chica emborrachó una factura y ya no se pueden pasar. Entonces nosotros no hacemos más", ejemplifica.
Hace meses que en la despensa tampoco se vende Coca Cola ni té en sobre ni fideos que tengan agujeros. Los churros de dulce de leche también pasaron a la historia en la despensa de Raúl quien tiene la ilusión de que la cárcel no se traslade ya que sería fatal para su negocio.
"Usted tendría que ver lo que comen o lo que no comen mejor dicho. Es indignante la poca ración que les dan por rancho. Si yo no le llevo algo puede estar días sin comer", cuenta Susana, que visita a su hijo que dentro de la cárcel está haciendo el CBC para Sociología en el Centro Universitario que también corre riesgo con el traslado. "Yo no puedo ir hasta Mercedes ¿Cómo hago para viajar? Pero tampoco lo quiero dejar solo. Los de acá no nos van a ayudar, no les importa si estás adentro o afuera, a veces nos tratan peor a las visitas", denunció. Al momento de las requisas está horas haciendo cola, no siempre le dejan pasar todo lo que lleva y la revisan sin pudor.
"Lo único bueno de que se vayan a Mercedes es que parece que van a tener un patio. Ellos no salen en todo el día, pasan semanas sin ver el sol", asegura Yeni mientras espera en la puerta del penal para ver a su hermano.
A pesar del anuncio de la licitación la asamblea se sigue reuniendo el primer y tercer martes de cada mes en el Club Laureles Argentinos. Porque ahora deberán emprender otra lucha. Cuando los presos sean transferidos a Mercedes el predio pasará a manos del Gobierno de la Ciudad. "Así que ahora nos vamos a tener que empezar a hacer amigos de Macri, no sabemos cuáles son sus intenciones -aseguró-. Cuando empiece la construcción hay que contar mil días, eso nos dijo el ministro Alak, así que yo ya estoy esperando ansiosa empezar la cuenta regresiva", concluyó Mercedes.
Belén Burgstaller
Estudiante de tercer año de la carrera de Periodismo en ETER. Esta nota fue escrita en la materia Agencia.
27/09/2011
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