TRABAJAR EN UN CALL CENTER
Esclavitud part time

Tienen los minutos contados para ir al baño, sus contratos son renovables cada tres meses y no poseen una clara representación gremial. Sus edades van entre los 18 y 30 años y representan la mano de obra barata del siglo XXI.

Trabajar en un call center puede ser interpretado, por algunos de sus empleados, como la continuación del secundario en una versión de mal gusto. Todo se presenta en un ambiente muy amigable. Los supervisores, que en realidad son los team leaders, tratan con sus subalternos de "vos" y no de "usted". Se tutean. Así un joven que recién salió de la escuela encuentra en las grandes empresas que se dedican a vender tarjetas de crédito, telefonía celular o a realizar soporte técnico, un lugar en donde trabajar para subvencionar sus estudios sin cortar el lazo familiar que todavía los ata a los padres. Una manera poco dolorosa de salir de "la casa de mamá". Por lo menos en principio.

A medida que pasan los días en el box, los jóvenes se van dando cuenta de que no todo es color de rosa. Que para ir al baño se pide permiso, como en la escuela. De hecho se tienen los minutos contados para hacerlo y hay un sistema informático que se encarga de que se cumplan las reglas. Eso de poner el diario debajo de la axila e ir silbando a realizar alguna necesidad no cuenta más. De ahora en más, durante las seis horas que permanezcan en sus trabajos, los operadores deberán hacer doble click en el ícono que dice "Bath" y empezará a correr el reloj.

Los diez minutos que se tienen por día hay que saber aprovecharlos, porque no existe la prórroga. Ahora bien, si a algún telemarketer se le ocurriera la loca idea de llegar descompuesto a su trabajo, seguramente al pasarse de su tiempo máximo tendrá el debido descuento en el sueldo a fin de mes por semejante infracción.

"Está todo preparado para que sigas siendo ese chiquito que nunca salió del colegio, para que ellos puedan seguir manteniendo ese sistema de dominación", cuenta enojada Graciela, del call center Atento (el más grande de Argentina, que pertenece al grupo Telefónica). En su gran velocidad al hablar, esta socióloga recibida en la Universidad de Buenos Aires (UBA), explica qué requisitos son necesarios para ser el empleado del mes: si es el Día de la Primavera, por ejemplo, los trabajadores tendrán que llevar un sombrero y hacer una suerte de competencia. El ganador es el que lleva el sombrero más grande. Por lo general la medalla dorada se la lleva el supervisor. El 31 de octubre, mientras en Estados Unidos se festeja Halloween, conocida también como "la noche de brujas", acá en Buenos Aires y en pleno centro porteño, los empleados adolescentes tienen que ir disfrazados para la ocasión.

No es el único tributo que se le rinde al país del norte. Dentro de un call center todo ocurre en inglés. Así, al guión de ventas se lo llama speech, al recreo se lo denomina break y los supervisores son team leaders. De esa manera tan cool "los pibes son sometidos a ese tipo de ámbito porque justamente lo que les interesa (a los empleadores) es que no se cuestione nada. Un pibe que no asume responsabilidades no cuestiona", explicó Adriana Negroni, licenciada en psicología y ex empleada durante tres años del call center Action Line.

Bajo este sistema símil secundario los chicos son sometidos a presiones que muchas veces terminan por desbordarlos. Algunos tienen que recurrir a psicofármacos y terapeutas. Los ataques de pánico se pusieron de moda en la juventud, y los operadores, que en su mayoría tienen entre 18 y 30 años, no escapan de las "nuevas tendencias". "Tenemos compañeros con licencia psiquiátrica por varios meses por ataques de pánico o depresión", declaró Natalia, quien se recibió de licenciada en Economía en la UBA pero tiene su título sin estrenar.

Debido a las presiones y avasallamientos en sus derechos los trabajadores de distintos call centers se organizaron para pelear por condiciones laborales dignas. Se formaron páginas en Internet como "Call en lucha" o "Colgá la vincha". Lugares en donde los empleados, que no tienen una clara representación gremial, encuentran un espacio para desahogarse, unirse y pelear.

Como creatividad no les falta, sus reclamos son de lo más variados. Para graficar qué es lo que sienten a medida que atienden llamados, algunos de los operadores de Atento se pusieron chalecos de fuerza y se instalaron en la puerta del edificio para el que trabajan. Otros reparten volantes con distintas consignas en defensa de sus derechos, siempre tapados con una careta ante el miedo de un eventual pero posible despido.

Son más de 50.000 personas las que trabajan de manera tercerizada como teleoperadores. Este tipo de subcontratación la llevan adelante grandes empresas multinacionales que ven en lo centros de llamada la oportunidad de ahorrar en seguridad social para sus empleados y en sueldos, entre otras cosas. De esta manera los millones de dólares en ganancia que se generan en esta industria tal vez adquieran un cero más al final de año.

Manuel Petruzela

Egresado de la carrera de Periodismo en ETER. Esta nota fue escrita en la materia Agencia, de tercer año, en el segundo cuatrimestre de 2010.

01/08/2011

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M.P.