FIGURITAS DIFÍCILES EN EL PARQUE CENTENARIO
Álbum lleno, coleccionista contento

Cientos de nenes, adolescentes y adultos recorren los fines de semana los diferentes stands ubicados alrededor del Parque, en busca de esa figurita que les permita completar su álbum preferido. Todos se reúnen en los puestos y se turnan para buscar en las pilas de ficus aquella que no pueden conseguir.

Son las diez en punto de una mañana soleada que promete un espléndido día y Ricardo comienza a preparar el puesto que en pocos minutos será visitado por grandes y chicos. "Riqui" atiende todos los sábados y domingos, desde hace seis años, uno de los dos puestos exclusivos de figuritas que hay en la feria del Parque Centenario. Sin embargo, su hobby comenzó mucho tiempo atrás: "Cuando era pibe, la familia de un amigo trabajaba ensobrando figuritas. Antes se trabajaba así, igual que con los muñequitos Jack, que los pintaban en casas familiares. Ahí agrupaban las figuritas, las ensobraban y el sobre se sellaba con engrudo", enumera. Y agrega: "La habitación estaba llena de ventiladores para acelerar el secado y de pilas de cajas con miles de figuritas, que de vez en cuando me regalaban. Yo podía agarrar las que quisiera", rememora.

Sin embargo, podría decirse que Ricardo comenzó casi por casualidad: "Yo entré en el negocio de la colección vendiendo autitos y trenes. Compraba lotes en los que venía cualquier cosa y comenzaron a llegar cajas de figuritas de actores, de Alf, de dibujitos... cosas que no se consiguen fácilmente". Pero para él, en ese entonces, eran papelitos y nada más. Guardaba esas cajas debajo de su cama y se olvidaba de ellas, hasta que un día su mujer le ordenó que tirara toda esa "basura" a la calle.

"Yo me negué, porque si hay algo que aprendí en este negocio es que todo tiene su valor. Entonces fui una tarde al Parque Rivadavia, a vender a 30 centavos figuritas que, tiempo después, me di cuenta que valían diez pesos. ¡La gente compraba de a miles! Fue así que en el primer día de venta volví a casa con 3000 pesos en el bolsillo", relata entre risas. A medida que el tiempo pasaba, Ricardo fue interiorizándose hasta volverse un experto: "Fue entonces cuando abandoné mi oficio de plomero, y durante la semana soy distribuidor en los comercios de forma mayorista".

En el stand, las figuritas ocupan todos los rincones y están ordenadas prolijamente por número y temática, aunque chicos y grandes se ocupan de desordenarlas a cada rato. Cada vez que alguien se acerca, Riqui saluda con un alegre "hola amigo, ¿cómo anda?" y despide a quienes encuentran la figurita, que tanto buscaron, con un amistoso: "¡Hasta el próximo álbum!". A lo largo del día, desfilan por el stand personas de todas las edades y siempre están quienes revisan los piloncitos para encontrar esa figurita que completa la colección. Aún así, Ricardo cuenta que hay momentos del año en los que el puesto es aún más concurrido: "El verdadero furor de la figurita se vive en cada Mundial. Son cientos y cientos las personas que intercambian las figuritas como desesperadas".



De todos modos, Riqui siempre está dispuesto a cooperar en la cruzada por el álbum lleno: "Hay que estar siempre actualizado, prestarle atención a los pibes, averiguar cuáles son las que piden". Fue esa misma predisposición full time la que lo hizo merecedor de una paciencia privilegiada, hasta el punto de dar su teléfono personal para que los fanáticos hagan el pedido para dar con "la difícil". "Anoche me llamó un abuelo para contarme que su nieto había perdido la figurita que necesitaba para completar su álbum, la que yo le había conseguido tras quince días de búsqueda. Me dijo que el nene había llorado toda la noche y al final me convenció", admite. Esa tarde el abuelo volvió al puesto, y Ricardo sacó de su billetera la número 220 que el nieto había perdido: "Corre por cuenta de la casa", le sonrió.

La particularidad del mercado de figuritas es que el costo está dado por la demanda y no por la oferta. Durante el Mundial, todos los chicos buscaban la figurita de Lionel Messi, creyendo que era la difícil, pero Riqui asegura que no. "Ahí es donde juega la diferencia entre el coleccionista y el consumidor. Hay pibes que sólo buscan la de Palermo o la de Ortega para pegar en la carpeta, y hay quienes pagarían el valor de diez paquetes por esa figurita con tal de completar su colección", explica. "Hoy en día, las difíciles del álbum Apertura 2010 (Panini) son las de los escudos metalizadas", detalla. "Ahora están a 5 pesos, pero es muy probable que, por la demanda, la semana que viene suban a 10 o 15".

Roberto tiene 46 años y trabaja en Edenor. Comenzó a coleccionar figuritas hace 20 años, cuando dejó de fumar: "En vez de comprar puchos, invertía en coleccionismo". Hoy junta las figuritas mientras su hijo juega al fútbol en el parque. Con la ayuda de Ricardo, revisa su listado de faltantes e investiga pila por pila, separando las que necesita. Roberto cuenta que él comenzó haciendo aeromodelismo: "Armaba avioncitos, pero me quedé sin lugar. Ahora tengo todos los aviones en tuppers, así que decidí juntar algo que no ocupara mucho espacio".

Si le preguntan cuánto tarda en completar un álbum, titubea con picardía: "En una semana ya lo hice, pero digamos dos que queda mejor", se ríe. El afán por llenar los álbumes está alimentado por la rápida discontinuidad de la oferta en el mercado. No existe un archivo de figuritas y una vez que se retira el álbum del circuito, la posibilidad de completar la colección se dificulta muchísimo.

Cuenta Roberto que eso mismo le ocurrió hace unos años con el álbum de la película de Tim Burton, Mars Attacks!: "Me faltaba la 172 y no la conseguía por ningún lado. Mandé los 50 sobres que había que enviar a la empresa junto con el dinero, pero jamás me llegó la que me faltaba. Después me enteré que ni siquiera la habían impreso. ¿Qué voy a hacer con los álbumes? Se los daré a mi hijo para que los venda en un futuro. O para que los queme o los rompa. Eso sí, cuando yo ya no esté".

Cerca de las seis de la tarde, el sol baja y los puesteros comienzan a retirar los artículos de venta que horas antes desplegaron en las mesas. Ricardo tiene clientes hasta la hora de cierre y mientras levanta los pilones de figuritas menos requeridos, echa un vistazo a las cabezas que se agolpan al otro lado del puesto, que miran fijamente las figuritas que pasan de mano en mano. Finalmente el día llega a su fin, le pagan las últimas compras y Riqui desarma el puesto hasta el fin de semana que viene. Es la cita obligada y todos se saludan sabiendo que, en una semana, la historia volverá a repetirse.

Ana Laura Montenegro

Egresada de la carrera de Periodismo en ETER. Esta nota fue escrita en la materia Agencia, de tercer año, en el segundo cuatrimestre de 2010.

21/03/2011

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