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LAURA AZCURRA
Vivir para actuar
"Actuar para vivir", decía la canción interpretada por Baglietto. La joven actriz invierte la sentencia: "Si vivís una vida sin emociones, tus personajes también van a ser sin colores". Esa actitud por experimentar que la llevó, por ejemplo, al baile flamenco, quizás la lleve, como sugirió en una charla en ETER, a animarse a cantar tangos.
Su rostro se multiplicó en páginas y pantallas cuando fue parte del elenco de algunas de las más exitosas series producidas por Adrián Suar: "RRDT", "Campeones", "Son amores", "Verdad-Consecuencia" y "Soy gitano". Sin embargo, Laura Azcurra es hoy mucho más que una "chica Pol-ka". Profundizó sus estudios de teatro, se asomó al flamenco y se convirtió, con todo ello, en la actriz versátil que hoy es. A tal punto que, en apenas meses, en 2008, pasó de interpretar un personaje trágico como la protagonista de La señorita Julia a encarnar a Carla en De hombres, mujeres y clichés, una cruza de comedia de situaciones con monólogos stand up.
La actriz, nacida 1981 en el seno de una familia artística -padre director de teatro y madre maquilladora-, visitó en 2008 ETER para brindar una conferencia de prensa para los estudiantes de la Carrera de Radio. Reproducimos aquí algunas de las preguntas realizadas por los alumnos.
Con menos de 30, tenés una carrera promisoria. ¿Cómo ves tu actividad como actriz?
Konstantín Stanislavsky decía que cuanta más vida lleva vivida un actor como persona, más intensos van a ser sus personajes. Creo que esa es una gran verdad, porque tenés más conocimiento de los rangos emocionales. Si vivís una vida chata, sin emociones, tus personajes también van a ser de alguna manera sin colores fuertes. Raramente sucede lo contrario. En algún momento siempre se nota la hilacha porque el trabajo del actor es muy expuesto y deja claro lo que tenés y lo que no tenés. Esto se ve muy en claro en el teatro. El cine es mucho más fragmentado y la televisión también, pero en el teatro estás ahí, con todo lo bueno y lo malo, lo vivido y las cosas pendientes. Y eso también es de mucha generosidad, porque un actor decide compartir lo que tiene y lo que no tiene.
En tus inicios te orientaste al baile, y ya de más grande dedicaste mucho tiempo al estudio del flamenco. ¿Cómo fue esa experiencia?
El mundo de los gitanos es un mundo muy cerrado, es una especie de gueto, como lo son tantas otras culturas como la de los japoneses, los judíos ortodoxos o los cristianos más cerrados. Hay un mundo y una identidad muy fuerte en ellos, una raíz muy poderosa. Mi encuentro con un gitano llega en un momento mío muy flamenco, donde estaba bailando a full con mis primos, que bailan mucho flamenco, aunque son pallos (no gitanos). Entrar en ese mundo fue muy intenso, estuvo atravesado por grandes aprendizajes, encuentros, angustias y muchas cosas intensas.
¿En qué disciplina explotan tus cualidades, en el baile o en la actuación?
Bailar me encanta y me siento libre, pero sin duda la cosa de interpretar un personaje, de encarnar una historia a partir de ese personaje es lo que más me colma. Me pueden resultar más o menos fáciles las características de un personaje, me pueden dar más miedo, pero sin duda siento que es allí, en la actuación, donde más puedo dar. Me es indistinto si es arriba de un escenario o frente a una cámara de cine o de tele. A mí me gusta actuar y cualquiera de los medios me resulta una buena herramienta para transmitir un personaje y emociones.

¿En que medida el flamenco te complementó como actriz?
Todo lo que aprendo o estudio va siempre a mi lugar de actriz, ya sea la danza, el arte, la literatura, etcétera. Siempre en algún momento es la actriz la que va a usar eso. Yo empecé a estudiar flamenco hace nueve años con la idea de aprender algo nuevo para bailar. Cuando descubro lo profundo de este género comienzo a tomar clases, lo estudio y empiezo a darme cuenta de que en el flamenco hay mucha teatralidad. Mucha teatralidad para contar las historias: cada uno tiene su momento y es un trabajo en equipo, al igual que en teatro. El guitarrista está conectado con el cante, el cante le canta al baile, el baile espera a la guitarra para hacer música con los pies. Hay toda una unión que también se da en el teatro. Y el flamenco tiene esa cosa de la magia que también está en el teatro. De hecho, en un momento debatí claramente si quería dejar el teatro para abocarme exclusivamente al flamenco y a ser bailaora. El flamenco requiere de mucho tiempo y mucho estudio, quizás por eso lo sigo estudiando, aunque no estoy en condiciones de bailar cinco horas por día.
¿Hay algún proyecto por donde seguir experimentando?
Tengo un proyecto a largo plazo que es cantar. Voy a ir estudiando, porque creo que va a ser para después de los 40 años. Es que quiero cantar tango y por eso necesito que la voz tenga ya mucha vida. Me parece que el canto es el arte más difícil y más expuesto de todos. Siempre en la actuación estás detrás de un personaje, de un vestuario, de una puesta en escena. En cambio, en el canto es sólo tu voz, y eso es algo en donde estás muy desnudo. Para mí es la mayor desnudez.
El año pasado compusiste dos personajes muy diferentes. Por un lado, a Julia, una de las protagonistas de La Señora Julia, del recocido dramaturgo August Strindberg. Por el otro, a Carla, en la comedia dirigida por Martín Blanco De hombres, mujeres y clichés. ¿Cómo fue el paso de un proyecto al otro?
Fue increíble, porque La señorita Julia es un drama-tragedia del siglo XIX que adaptamos al Buenos Aires de 1957. Esa propuesta exige un gran compromiso actoral y una concentración que a mí, como actriz, me requiere pasar por todas las emociones. Mi personaje en esa obra entra al escenario con una situación y se retira en la opuesta, luego de atravesar muchas emociones muy fuertes en el medio. Después vino De hombres, mujeres y clichés, que fue lo opuesto. Yo sentía tenía la fantasía de que la gente no se iba reír con lo que yo decía, sentía que me iban a ver como una actriz solemne y no como Carla, el personaje al le pasan las cosas de todas las mujeres. Era divertido poder abordar el personaje desde lo liviano que tiene la comedía, pero con el desafía de estar sola en escenario, monologando y asumiendo todos los riesgos sola.
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