 |
|
ECOVILLA GAIA
Buscando un símbolo de paz
A 110 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, en el partido de Navarro, se encuentra la primera comunidad ecológica de Latinoamérica. No consumen otra cosa que lo que produce la tierra y hasta tienen una escuela para sus hijos. Dos enviados especiales de ETER viajaron hasta allá para conocer quiénes son, qué piensan y cómo viven los hippies del siglo XXI.
Lo primero que se observa en la entrada de la Ecovilla Gaia, a un costado de la ruta 41, en la localidad de Navarro, es un herrumbroso edificio que alguna vez fue una fábrica de lácteos y que ahora divide territorialmente a los viejos habitantes de Gaia del turista hippie de fin de semana. Hay que atravesar un largo sendero por entre la maleza para llegar a la aldea de los viejos habitantes: un inverosímil country de hongos gigantes hechos de costra de barro, donde actualmente viven doce personas (como los apóstoles) en absoluta armonía con la naturaleza.
Gaia es la única comunidad en la Argentina (y pionera de Sudamérica) en desarrollar un modo de vida sustentable basado en principios ecológicos.
Jorge (61) es electricista y se instaló hace unos años junto a su familia, luego de enterarse de la existencia de Gaia por televisión. Primero tuvo que tomar varios cursos sobre permacultura ("diseño de hábitats humanos sostenibles y sistemas agriculturales, que imita las relaciones encontradas en los patrones de la naturaleza", Wikipedia dixit) y probarse a sí mismo que podía convivir con el ascetismo de Gaia. "Los niños son los que más disfrutan de este lugar", reconoce. Ellos y su mujer están por llegar de Buenos Aires en cualquier momento, nos avisa.
Un barbudo huraño e intimidante corta en seco la conversación con Jorge. "Van a tener que volver con su grupo", dice, y da a entender que no hay posibilidad de hablar con ningún habitante de Gaia que no sea Silvia, la guía turística.
-Estamos haciendo una nota periodística. Quisiéramos ver las cosas por nosotros mismos, si no le molesta- se le dice al barbudo, educadamente.
-Vuelvan a su grupo y sáquense todas las dudas -dice, malhumorado-. No se le puede preguntar nada a alguien que está trabajando. Además, la gente que no conoce Gaia pisa terrenos que no se pueden pisar, y eso afecta a toda la comunidad.

Volvemos al coqueto comedor de la comunidad que hasta tiene un ventilador de techo que funciona con generadores de energía eólicos. Silvia, la guía, ofrece "té de yuyos" y comenta el gran riesgo para la salud mundial que entraña la soja. "Es malísima", dice.
En Gaia están terminantemente prohibidos el consumo de carne, leche, alcohol, drogas y soja. "Esto se parece más a un convento que a unas vacaciones", resume Silvia. Una biblioteca improvisada sobre un tablón de madera en el hall de entrada contiene títulos como La revolución de un rastrojo y De las tensoestructuras a la bioarquitectura.
Gustavo, el barbudo, es esposo de Silvia y fundador de Gaia. Ambos solían ser profesionales de clase media de Buenos Aires (él es médico veterinario y ella, terapeuta) que hace más de diez años asistieron en Escocia a un encuentro mundial de permacultores y quedaron fascinados con la experiencia. En 1996, decidieron comprar 20,3 hectáreas de un terreno inhóspito en Navarro para convertirlo en su propia morada y la de sus amigos más afines.
Gustavo, que ahora releva a Silvia en su rol de anfitriona, se suma a la tertulia y conversa con un tipo de Quilmes sobre los "inóculos de microorganismos traídos de Japón" para descontaminar el agua.
La única persona de Gaia dispuesta a hablar en privado con estos enviados especiales es Alicia, madre de Gustavo y "la más anciana", según nos revela Jorge, el electricista. Le preguntamos a Alicia cuál es la principal diversión en Gaia: "Los viernes vemos alguna película en nuestro cine. También hacemos danzas o cantamos y los chicos representan alguna obra o baile. Escuchamos música en nuestras casas, pero no hay música en los espacios que son comunes".
Alicia reconoce que llevan una vida austera y, en muchos aspectos, sacrificada. "Hay quienes vienen pensando que esto es sentarse a mirar los pajaritos -cuenta-. Todos en Gaia trabajan ocho horas diarias y tienen un día de descanso."
¿Los chicos de Gaia van a la escuela?
No. Ellos estudian acá. Nosotros somos los profesores. Mucha gente se escandaliza cuando le decimos esto, pero es que ellos aprenden mucho más acá que en la escuela. Gustavo y Silvia les enseñan Ciencias Naturales y Matemática. Jorge les da clases de Energía y yo les enseño costura y bordado. A veces los chicos salen a avistar aves y reconocen las diferentes variedades de la vegetación.
Alicia habla de su avezado ojo para reconocer a los farsantes de la aldea. "Acá no se permite el alcohol, ni el tabaco, ni la carne, pero fuera de Gaia uno puede hacer lo que quiera con su vida. Muchos de los que van al pueblo a buscar esas cosas, son los que terminan abandonando este lugar. Esta vida no es para cualquiera", avisa.
Respecto del dinero, Alicia cuenta que los cursos y talleres de Gaia representan la mayoría de los ingresos de la comunidad, a los que se suman las visitas guiadas que cuestan entre 10 y 30 pesos por persona. "Gustavo hace diseños en otros campos y le pagan por eso también -relata su madre-. Pero no nos desvivimos por la plata. Nuestras necesidades están satisfechas."
Pablo Sartirana
Egresado de la carrera de Periodismo en ETER. Esta nota fue escrita en la materia Agencia, de tercer año, en el segundo cuatrimestre de 2010.
07/03/2011
Comentarios: contenidos@eter.com.ar
|
|
|
|
NOTAS RELACIONADAS
|
|
|
 |
|