VIDEOCLUBES: CÓMO ESCAPARLE A LA CRISIS
Por amor al arte

En Argentina, apenas unos 700 videoclubes "legales" sobreviven a Internet y la piratería. En las décadas del 80 y 90 eran unos 15 mil. Resultaban una salida económica para la clase media y un gusto accesible para el público. ¿Cómo se mantienen los continuadores de un rubro en extinción?

Muchas son las industrias que, con la llegada de Internet, empezaron a ver negro su futuro. Pero, mal que mal, tanto los libros como los diarios de papel, la propia televisión y la radio, remaron esta sobredosis de progreso y hoy mantienen su frágil aunque evidente existencia. Claro que no para todos la suerte fue la misma. Lentamente, un rubro que en los noventa significó la gambeta más efectiva a la crisis, hoy se perfila como una actividad "retro". De los cerca de 15 mil videoclubes que existían hace exactamente veinte años, hoy quedan no más de 700 que no recurren a copias ilegales para mantenerse.

Aferrados a los estrenos y, sobre todo, al público que antepone la tradición de sumergirse en la góndolas por encima del sencillo clic de descarga, los pocos videoclubes que quedan en los barrios porteños elucubran las más diversas estrategias. Los tips básicos parecen ser tres: las ofertas, el vuelco a otros rubros y la pequeña empresa en lugar de las grandes cadenas. No es casual que el gigante Blockbuster se haya declarado en deuda mundial y sus números rojos asciendan a mil millones de dólares. Quienes provocaron la caída de la multinacional creada en 1995 son los mismos que en los pequeños clubes de barrio señalan como responsables del retroceso. Páginas de descarga directa en Internte, Youtube y la piratería callejera son las primeras palabras que saltan de los dueños de locales.

Blockbuster declaró que cerrará en las próximas semanas todas sus sucursales argentinas, lo mismo que ocurrió durante los últimos meses en Perú, Ecuador, España y El Salvador y, se proyecta, seguirá como efecto dominó en todos los demás países con esta franquicia. La empresa, sin embargo, mantendrá el servicio para naciones como Canadá, Reino Unido, Australia y Chile, las cuales por ser parte de un sector separado de la rama "latina" de la firma, no vieron tan afectada su actividad financiera. Sea cual sea el resultado, queda claro que si un gigante cae, es porque el enemigo lo supera en fuerza… o en maña.

Cuando Blockbuster llegó a la Argentina, en plena etapa menemista, los videoclubes que habían nacido allá por fines de los 80 ya habían recibido su primera estocada: la televisión por cable. La posibilidad de que los usuarios dispusieran de una suerte de canilla libre de películas marcó el primer bajón en los alquileres, pero todavía el videoclub tenía puntos a favor: en el cable tradicional de principios de los 90, la película no se podía elegir y tenía muchas pausas comerciales.

Aunque ya en el 2000 los negocios, según informa la Cámara Argentina de Videoclubes, no superaban los 3.500, el único adelanto tecnológico que lo benefició fue la llegada del DVD. "Fue alrededor del 2003 y nos ayudó mucho, ya que era visualmente superior al VHS, más liviano, compacto y práctico", señala Julián, ex dueño de un videoclub, devenido hace cuatro años en cyber. Pero ni siquiera el salto cualitativo de no rebobinar nunca más pudo evitar el golpe que se venía.

La contracara de la digitalización fue que la piratería creció exponencialmente, se hizo mucho más fácil copiar y vender trucho. Aquello que en la época del video se planteaba como una industria ilegal más cara y especializada, con el DVD llegó al alcance de todos. Empezaron a aparecer los negocios de venta de DVD piratas y los costos encendieron las luces de alerta en todos los videoclubes, tanto barriales como cadenas del mundo.

"Mientras los precios de los alquileres aumentaban de 5 o 6 pesos a de 7 para arriba, uno puede comprarse un estreno trucho a 5 pesos y quedárselo", señala Ignacio Cabral, quien trabaja en un videoclub de San Telmo desde hace tres años. Hoy pivotea entre las estanterías de DVD y las cabinas de locutorio y golosinas que puso en un kiosco fusionado con el videoclub. Además, en cierto momento la relación de precios se disparó de forma despareja. En los 90, convertibilidad incluida, alquilar una película costaba lo mismo que una entrada de cine en precio de miércoles (antes del 2001, las funciones baratas semanales costaban $4,50). Hoy, un alquiler es caro en relación con una película pirata, pero a su vez representa menos de la mitad de una entrada de cine tal cual se cobra los miércoles. La Unión Argentina de Videoeditores decía que, anualmente, el circuito pirata mueve 775 millones de pesos.



En términos porcentuales, Ignacio Cabral y otros encargados de videoclubes estiman que en el último año las ventas bajaron un 20% y la Cámara ratifica esta tendencia, aunque la lleva a 50% menos que en 2008.

Otros videoclubes, como "Doble A", ubicado en la calle Bellamini de El Palomar, apela a la confianza de una ciudad más chica. "No voy a negar que estuvimos a punto de cerrar en 1994, cuando surgió el cable, y en 2008, con la baja de las ventas", adelanta Jorge, el dueño. Pero agrega: "En un barrio como éste hay cierto público cautivo, aquel que si bien puede comprar trucho o bajar de Internet, confía en que lo que uno ofrece es de buena calidad". Además, está la atención que para Jorge es primordial en la relación necesaria para que el público no migre a otros sistemas más directos pero impersonales. "Siempre tiene que mantenerse la buena predisposición, la charla y las clásicas recomendaciones entre comerciante y cliente", señala Jorge.

Quién dijo que todo está perdido

Aunque los números no cierren y el panorama a muchos los desaliente, los dueños de videoclubes encuentran salidas. El primer paso, aseguran, es especializarse. Así han surgido negocios orientados al cine de autor o cine arte, al género de terror o a títulos internacionales difíciles de conseguir, inclusive, en Internet y sus sitios de descargas.

El Gatopardo (Piedras 1086) es un ejemplo de este tipo de estrategia. Aunque tiene estrenos y películas comerciales, su gran gancho está en el cine especializado. Basta echarle un vistazo a las góndolas, que en lugar de separar las películas por género, las ordena por director. La especialización es fundamental, sostienen todos, pero para que eso ocurra, el propio dueño del videoclub debe ser cinéfilo. Quienes no tienen esa inclinación, quizás opten por otro sistema menos convencional: transformarse en un polirubro. El videoclub de Ignacio Cabral es un claro ejemplo de amplificar para no desaparecer. En un local apéndice, los dueños armaron un kiosco y locutorio. Otros adoptan un Pago Fácil, librería o casa de comidas al paso.

¿Y qué le queda a los usuarios? Tanto para aquellos que, cual dogma, ven una película (o más) por semana, como los que lo toman por entretenimiento dominguero. ¿La practicidad de Internet justifica abandonar el videoclub? Fiorella Giordano es una estudiante de 21 años y asidua espectadora de cine. "Por varios motivos decidí dejar de alquilar, si buscaba pelis viejas, muchas veces no las conseguía, algunas ni siquiera se habían editado en el país", indica al tiempo que marca otra cualidad de Internet: la oferta sin fronteras. "Sin embargo hay cosas que extraño de los videoclubes que Internet nunca me va a dar, como pasarse una hora entera rodeada de cajitas de DVD o VHS y chusmearlas a todas. También extraño hacerme amiga de los dueños y que me recomendaran películas, actores, directores, porque así había aprendido un montón", rescata.

Gastón fue otro asiduo cliente que recuerda un aspecto que, en su infancia, marcó su cariño por el videoclub: "¡No hay que olvidarse que algunos también alquilaban cartuchos de Family Game y Super Nintendo! En cuanto a los VHS, alquilaba dos o tres cada sábado en otro local del barrio, que irónicamente quedaba enfrente de Blockbuster. Lo mejor de ser cliente de aquel pequeño club es que conseguía películas que en Blockbuster jamás iba a haber, como cine mudo, de superhéroes de los 40, ciencia ficción y tantas otras que la dueña del local recomendaba".

Quizás el mayor público que todavía ronda los videoclubes sean las personas que no se sienten tan cómodas descargando de Internet o que por motivos casi ideológicos, prefieren no comprar trucho. Alejandro Iglesias tiene 48 años y si bien utiliza la computadora, no le "encontró la mano" a las descargas. "Sigo prefiriendo el videoclub, y por suerte en mi barrio (Barracas) todavía quedan unos cuantos. Voy todos los fines de semana, me llevo un par de pelis y como el dueño me conoce me da prórroga para devolverlas", indica. "Es como un trato: sabe que yo no lo voy a abandonar y él me reserva títulos que van a gustarme, o hace la vista gorda si sabe que quizás me quede con el DVD tres días en lugar de uno", agrega.

Puede que, de acá a cuatro años, los videoclubes desaparezcan inexorablemente, pero inclusive los que han encontrado mayor oferta y rapidez en el mercado trucho o las descargas directas, aceptan que la lógica del club de barrio es algo que ni la más avanzada tecnología podrá superar.

Malena Baños Pozzati

Estudiante de tercer año de la carrera de Periodismo
en ETER.


30/11/2010

Comentarios: contenidos@eter.com.ar

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Una opción ante la piratería

Decir que los une el espanto es el lugar común más efectivo en este caso. Aunque el cineclub, por definición, compite por el mismo público que el videoclub, en estos años parece un compañero de batallas más que respetable. Mientras que la piratería parece perjudicar a todo circuito que esté por fuera de ella, el aumento sostenido de las entradas de cine, en cambio, significó un efecto colateral muy positivo para los cineclubes, aquellos espacios barriales que, por pocos pesos, presentan una película clásica o más contemporánea, en pantalla gigante.

Algunos, como "Cineclub Nocturna" en el Centro Cultural Rojas, tienen años de existencia y han regresado con tentadoras entradas gratuitas. A esos clásicos se sumaron los ciclos que se abrieron un huequito en sociedades de fomento y bares. Casos como el "Cine Insolente" del ex integrante de la banda Massacre Palestina, el Topo Armetta, o el "Festival de Cine Inusual", que da batalla en el Espacio Incaa, son muchas las opciones al momento de querer ver cine no tan convencional. El plato fuerte, si de rarezas se trata, sin dudas lo pone el cantante punk Marcelo Pocavida, que, cual sueño del pibe cinéfilo, también presenta sus películas favoritas en "Grindhouse Party", un ciclo de cine terrorífico a su medida.