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ARTE SIN TECHO
Un espacio social para redescubrirse
En Almagro funciona una ONG que, a través de talleres, se encarga de potenciar las capacidades de la gente que está en situación de calle. Clases de cocina, carpintería y lutería son sólo algunas de las opciones. De todos modos, la intención no es capacitarlos laboralmente, sino permitirles romper el aislamiento.
El día está hermoso. Los 20 grados son el fiel reflejo de que la primavera ha llegado. La gente camina apurada, mira hacia adelante, no se detiene. La vorágine por cumplir con las obligaciones no les permite observar qué pasa a su alrededor. En Medrano 107, en pleno barrio de Almagro, un largo pasillo, que bordea la vía del tren, conduce a un mundo distinto. Pareciera no ser parte de la ciudad. Da la sensación de que allí se respira otro aire. El cartel de entrada despeja las dudas acerca del lugar al que se ingresa: "Arte sin Techo. Asociación Civil". Ahí dentro funciona una ONG que se encarga de que la gente en situación de calle pueda realizar distintas actividades que les permitan distraerse por un momento, desarrollar y potenciar sus propias capacidades. Muchos de ellos viven en paradores y otros lograron ubicarse en alguna casa.
"Lo peor que puede pasarle a la gente es que no le reconozcan que es capaz de hacer cosas", opina Ariel Pennisi, una especie de jugador de toda la cancha; es encargado de prensa del lugar, uno de los coordinadores, pero también da el taller de "Cocina y cultura alimentaria", todos los martes y jueves de 10 a 12. "La cocina es sólo un disparador de situaciones, porque lo importante es que cada uno pueda sacar aquello que tiene adentro", dice Pennisi, un autodidacta del arte gastronómico, que aclara que "el objetivo no es capacitarlos laboralmente ni transformarse en una bolsa de empleo".
A esa clase sólo asistieron dos personas. "Generalmente somos cinco", dicen. Pero dos de ellos han conseguido trabajo y una faltó sin aviso. De todos modos, los planes no se modifican y el plato a realizar es el que estaba previsto: pappardelle con salsa carbonara. "¿Cómo se imaginan que se hace la carbonara?", pregunta Ariel. Claudio Medina (37), que vive en un parador que el gobierno porteño tiene en el barrio de Constitución, no responde. Andrés Martel (29), arriesga, aunque lo confunde con la carbonada (una especie de guiso). Ariel, en tanto, se limita a explicarles.

EQUIPO. Ariel y Andrés preparando la comida del día.
Quien toma las riendas de la cocina y se hace dueño de la escena es Andrés, que llegó a la asociación por sugerencia del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. "Me llamaron porque me tenían registrado de cuando me desalojaron de mi casa en Belgrano", explica quien durante mucho tiempo trabajó en distintas pizzerías. Hoy, por el contrario, se gana la vida haciendo changas de albañilería y vive en un pequeño departamento, en Palermo.
Con destreza, Andrés raya los zuchinis (similares a los zapallitos), los acomoda en el plato. Su ritmo es frenético, casi como si estuviera trabajando en un restaurante. Repasador en mano, pone la sartén en el fuego, le echa aceite, pica ajo. Todo a mil kilómetros por hora.
Claudio, en tanto, se muestra más tímido, casi como si tuviera miedo de cometer algún error. "Hace cinco clases que empecé a cursar", intenta justificarse.
De todas formas, Claudio y Andrés están en condiciones de desenvolverse con soltura. Tal es así que, hace unos meses, recibieron la visita del sociólogo francés Robert Castel, invitado a conocer la experiencia, y ellos fueron los encargados de preparar el almuerzo. "Hicieron empanadas con masa casera, guiso de osobuco y un flan casero con dulce de leche", cuenta, orgulloso, Ariel. Y agrega: "En esa ocasión, se les dio una paga a modo de reconocimiento por el trabajo que habían hecho". "Nos aplaudieron al final de la comida y eso fue muy gratificante", dice Andrés, algo emocionado.

A COMER. Los papardelle servidos en la mesa.
"El primer ingrediente que ponemos es el jefe, es el que organiza los tiempos de cocción", suelta Ariel, a modo de máxima. "Tenemos que estar atentos a eso", repite. Claudio y Andrés asienten, escuchan, incorporan conocimientos. "Yo me esfuerzo por prestar atención y cuando Ariel pregunta, lo explico, para que vea que le damos bola", dice Andrés, quien es padre de una nena de cinco años.
De todas formas, Ariel casi que no da órdenes. Sólo pregunta, buscando complicidad y aceptación de parte de sus alumnos ocasionales. "¿Qué tal si ponemos la olla en la hornalla de atrás?", propone. Es, quizás, un mandamiento tácito, implícito, escondido. Para entender su modo de actuar será necesario remitir a una frase que suele utilizar: "A la gente de la calle hay que tratarla de igual a igual". De hecho, Ariel cree que ahí radica el principal problema que tiene el gobierno porteño a la hora de acercarse a ellos. "No se preocupan por qué les pasa a ellos", asegura.
El resultado está cada vez más cerca. Ariel pone los papardelle en el agua hervida, los cocina. Luego pasan por el colador y vuelven a la olla, donde se les pone un poco de huevo. Mientras tanto, Andrés, sin separarse del repasador, pava en mano, se ceba unos mates. Tampoco queda a un lado la discusión futbolística, usualmente presente en las charlas masculinas.
Cuatro platos prolijamente servidos, con tomate disecado encima, aparecen prometedores. Todos prueban, nadie se queda afuera. El objetivo, al fin y al cabo, no es saciar el hambre, sino aprender a cocinar. "Hay que poder comer sano con lo que hay al alcance", explica Ariel.
De cualquier modo, este es uno de los tantos talleres que ofrece Arte sin Techo. En el parador de España 2265, en Costanera Sur, la gente puede aprender carpintería o lutería, entre otras cosas, aunque el objetivo no sea más que el de encontrar un momento en que la cabeza pueda aislarse de los problemas. "Así es más fácil que ellos logren entender su situación", recalca Ariel, que repite que "no se trata de transformarse en una bolsa de empleo". El predio de Costanera es prestado por el Gobierno de la Ciudad para que Arte Sin Techo pueda brindar los talleres a la gente en situación de calle.
"Estoy esperando que me den el certificado de cocina para empezar a trabajar de esto. Me encanta, lo disfruto. Además, acá me siento muy cómodo", dice Andrés, con sus sueños a flor de piel y lleno de ganas de encontrar un lugar en la sociedad en el cual poder sentirse tan cómodo como dentro de la organización.
Uriel Fridman, Fernando Haberman
Estudiantes de tercer año de la carrera de Periodismo en ETER.
20/10/2010
Comentarios: contenidos@eter.com.ar
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