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Negro renovador, negro maestro, negro Guerrero
La directora de la carrera de Periodismo, que trabajó con Hugo Guerrero Marthineitz en los albores de los 80, recuerda en estas líneas algunas anécdotas que maduraron en enseñanzas.
Por Roxana Russo*
Sólo voy a remitirme a sus virtudes profesionales y como testigo, en las bambalinas, de un ciclo radiofónico renovador, como todos los que encaró. Un tiempo laboral para mí inolvidable en el prólogo de los 80. Por haber sido una figura notoria, el oyente quizá recuerde la risa socarrona del Negro Guerrero con sus efectos guturales. También sus silencios, para nada tildables como baches o indecisiones, pertinentes en su discurso, e inéditos como recurso genuino en el medio. Se memorarán sus ironías, sus irreverencias, su discurso sin berretismos, jugado hacia su punto de vista, tan discutible como cualquiera.
Comienzo por situar el momento: dictadura militar, incipientes años ochenta en radio Continental, los mediodías, programa Reencuentro.
Oficina de producción: ciudad de Buenos Aires, calle 25 de Mayo y avenida Córdoba. Allá, en el bajo del Centro.
En el piso 5: un departamento repleto de discos larga duración. Consola de sonido, una Sensodyne; grabadores Revox; parlantes, varios cronómetros, butaca alta. Un Negro locutor, un Negro operador, un Negro musicalizador; un Negro parlanchín, una "Balada para un loco" de Piazzolla y Ferrer cantada por Amelita Baltar pasada una y mil veces.
En el piso 4: la oficina de producción con un tendido de cables que permitía escuchar lo que el Negro grababa a cualquier hora anunciando el top de la hora exacta que aún no había sucedido. Sí, a las 10 de la mañana el Negro podía grabar: "El top indica las tres en punto de la tarde. Reencuentro". Y a las 3 de la tarde, de esa cinta magnetofónica, como a él le gustaba nominarla, la voz del peruano anunciaba el top que al mismo tiempo emitía la hora oficial.
Perfección, puntualidad, detalle, obsesión. Eso fue el Negro. Un rebelde que llamaba al Comfer (Comité Federal de Radiodifusión) y se excusaba ante el interventor, coronel Pinchi, de haber pasado un disco prohibido que sabía que formaba parte de una lista negra.
"Dile a la señora de Udaquiola (interventora de Radio Continental en esos oscuros años) -me decía tantas veces- que se me ha escapado poner un disco no permitido. Que no se haga problema, que mañana la llamo". Pero ese mañana no llegaba nunca.
El Negro no tenía reparo en repetir al aire un mismo tema cuantas veces le diese la gana o en levantar la púa, marca Shure, si el tema musical que había seleccionado no lo convencía.
Hugo Tomás Tiburcio Adelmar Guerrero Marthineitz me hablaba seguido de su Piura natal, en Perú, de su triste infancia, de su mamá Esther y de su papá Lorenzo. Pero otras tantas veces no sólo no hablaba:
Una mañana llegué a la productora y encontré una pila de cintas abiertas con una esquela que decía: "Roxana, tuve una urgencia y debí viajar a Santa Fe. Dejo unos cuantos programas para que armes el de hoy. Que la tarde te resulte lo menos latosa posible. Un saludo. Hugo".
Tamaño problema: armar un programa con cintas donde muchas de las referencias eran temporales: el día, la hora, el clima, la actualidad… Tras varias horas de escucha y compaginación, sin programas digitales de sonido, con los grabadores Revox y sus números de cuentavueltas más un papel para señalar el tramo seleccionado, armé el programa del día.
Lista para trasladarme con el bodoque de cintas a Radio Continental, el Negro abre la puerta de la oficina con el programa del día.
"Roxanita -me dice-, te he pegado un buen susto, pero seguramente te ha de ser útil este trabajo de hoy".
A aquello que en su momento sentí como una trampa, una mala intención, una hijaputez, hoy puedo recordarlo con placer y capitalizarlo como aprendizaje.
En los 90 años que está cumpliendo la radio, un modesto y pequeñísimo tributo a un renovador del éter.
06/08/2010
Comentarios: contenidos@eter.com.ar
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