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La poesía como alimento

Por Marcela Ayora

Era la hora de la siesta y la luz opaca del día nublado se filtraba suave por los ventanales del aula. Costaba resistirse al sueño. Pero se habló de poesía y los sentidos, lejos de querer adormecerse, se activaron, calmos, hacia una atención plena. En el contexto de la Semana del Libro, los poetas Jorge Boccanera, Camilo Sánchez y Florencia Fragasso hablaron sobre lo que genera lo poético en el cuerpo, en la propia escritura. Frente a los estudiantes de las carreras de Periodismo y Locución, los tres invitados ofrecieron diferentes caminos desde donde pensar el lugar de la poesía. “La escritura lleva a que uno viva más despabilado”, dijo Camilo Sánchez, que es también periodista –trabajó en Página/12, Clarín, entre otros- , autor de Haroldo Conti, biografía de un cazador junto a Néstor Restivo, La viuda de los Van Gogh que se está traduciendo a distintos idiomas, y este año debutó como editor de su sello, El bien del sauce. Florencia Fragasso es licenciada en Letras, UBA, y coordina talleres de lectura en escuelas primarias, autora de los libros de poesía Extranjeras y Superpoderes, subrayó la importancia de la lectura. Cree que un muy buen lector de poesía es probable que “pretenda transformarse” en un poeta. El plan que proponía la convocatoria, La poesía como alimento, incluía el leer como parte del plan nutricional de la producción, y compartía el objeto de toda comida al fin, el goce per se.

Jorge Boccanera tiene muchos libros publicados. Premios. Como le dijera Camilo Sánchez, con admiración, desde la otra punta de la mesa donde exponían: “Al tipo se le ocurrió ganar Casa de Las Américas durante la dictadura”. Lo obtuvo en 1976. Boccanera, que también es periodista, se exilió durante esos años; viajó y escribió varios de sus textos a partir de los países que visitó. No casualmente, para el autor, “La poesía es un viaje que permite descubrir, ir hacia lo diferente”. Unas tras otras se sucedieron las definiciones posibles de pensar qué es la poesía. Sin fórmulas en los bolsillos, los poetas abrieron sus libros y leyeron sus poemas. A la hora de la siesta en un aula de la ciudad, nadie se dormía desde el silencio de la escucha.

Tal vez los versos generen eso; un estadio particular de atención desde donde nace más bien la pregunta. O será que lo que se sucedió, una química natural entre los poetas y los alumnos, hizo ondular más estados de cuestión que de certeza. Y aunque esto pudiera parecer agotador, a medida que avanzaba la charla, los hombros bajaban, las cejas, y la tensión cedía a un placer volátil difícil de ver bajo un microscopio. Un “indicador” para algunos de los nuerocientíficos que miden la relación del placer con cierta actividad de la corteza cerebral. En el aula con un nombre bien para tener de invitados a poetas, Voces, la felicidad no era tangible; la hacía crecer algo con peso pero sin materia: el placer de las palabras.